Ser vegetariano en España es una aventura. La sociedad se resiste a atender el problema de 1,5 millones de españoles que salimos a comer y no encontramos cocina vegetariana. No nos lo pone nada fácil nuestra cultura: la idolatración por lo carnívoro hace que o bien hagamos trampas o bien nos quedemos con hambre cada vez que vamos al restaurante. De hecho, el problema existe tanto en los menús cerrados como en aquellas ocasiones en las que nos dan a elegir (¿carne o pescado?), o también cuando vamos a la carta.

En la mayoría de los países de Europa los platos llevan distintivos que indican cuáles son vegetarianos, facilitando así la elección al consumidor ‘verde’. En mi última visita a Londres, hasta los sándwiches de Mark & Spencer llevaban el símbolo, y ninguna de las personas con las que me reuní se extrañó de mi vegetarianismo. Aquí, en cambio, no solamente me estrujo el cerebro a la hora de pedir intentando memorizar aquellos alimentos que no puedo comer, sino que muchas veces solamente tengo una o dos opciones. Además, todo mi entorno percibe como una rareza mi condición, y en vez de sensibilizarse con la causa me animan a dejar de ser vegetariana “para que no sufra más”. Queda mucho camino por recorrer y el vegetarianismo debería incluirse en la lista de todas esas causas cuyos derechos la sociedad lucha.

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